martes, 15 de marzo de 2011

La llanura




La llanura no acabará, al menos durante meses de viaje. No hay ninguna colina ni hondonada. De trecho en trecho hay charcos de agua perfectamente potable. Está tapizada de hierba de raíces comestibles.

Estoy siendo perseguido desde hace dos horas por un hombre mucho más fuerte que yo. Ninguno tiene armas; si me enfrento a él, me matará. Nunca me pierde de vista, puesto que corre a la misma velocidad que yo. No me alcanzará si no me descuido, pero tampoco se queda atrás. En la llanura no hay nada más y la luna ilumina todas las noches. Las pisadas cambian el color de la hierba y siempre me seguirá el rastro. A veces acelero y parece que lo dejo atrás, pero se acerca otra vez. Tengo que tener cuidado de no agotarme demasiado en el sprint porque si desfallezco puede alcanzarme. Normalmente lo veo muy lejos, pero otras veces está tan cerca que le oigo hablar y amenazarme. A ratos andamos y a ratos corremos.

De vez en cuando me paro un poco, bebo agua y desentierro algunas raíces. Vuelvo a la marcha y las como. Son tonificantes, pero su efecto dura poco tiempo. Él también se cansa; se ha sentado un poco y yo he aprovechado para poner distancia de por medio. Es inútil. Me he sentado a reponerme un momento y lo he visto venir a su máxima velocidad, cuando ya estaba muy cerca. He tenido que emplearme a fondo para que no me atrapara.

La persecución dura ya dos días. Me ocupa una nueva obsesión: el sueño. Los párpados caen, es casi insoportable. Tengo que aguantar más que él. Lo veo caer y quedarse completamente quieto. No debo acercarme para intentar ahogarlo con mis manos, porque puede ser una trampa, aunque él también tiene miedo de que eso ocurra. Puedo seguir corriendo mientras él duerme, pero la llanura no acabará. Si me echo a dormir yo también, puede haberme engañado y acercarse.

Otra vez lo veo caerse y quedarse quieto y me echo también, fingiendo dormir. Me quedo viéndolo. Se levanta y se acerca a mí. Yo me levanto y sigo corriendo. Hacemos esto unas cuantas veces, variando los tiempos, y luego veo que se queda dormido, o al menos no se mueve durante un buen rato. Durante ese tiempo de vigilarlo, siento un sueño irresistible, pero logro aguantar. Entonces pienso acercarme, pero quizá se despierte o no esté dormido. Decido dormir un poco también, cinco minutos. Si no ha salido en las últimas horas, es improbable que salga en esos minutos. Ojalá no haga ruidos.

Muchos sueños me asaltan en esos cinco minutos, en los que me despierto varias veces. Cada vez tengo la sensación de haber dormido un siglo.
Duermo los cinco minutos y él no se ha levantado. Sigo un rato tumbado y pienso que es probable que duerma, porque si estuviera mirándome sabría que he estado bastante rato tumbado y supondría que me he dormido. Pero no me atrevo a acercarme.

Al día siguiente recorta distancias. He pasado una noche difícil y he tenido alucinaciones. Al mediodía no puedo más y me paro. Él se para también. Logro aguantar dos minutos despierto y luego me duermo. Estoy diez horas durmiendo y me despierto con la sensación de haber dormido sólo unos segundos, pero he tenido mucha suerte y él también ha estado durmiendo todo el tiempo o si se ha despertado ha pensado que yo estaría despierto. Pienso que la segunda opción es poco probable, porque si él sabe que ha dormido varias horas y me ve tumbado aún, pensará que duermo; pero quizá también ha despertado creyendo que sólo había dormido unos segundos. Podría acercarme y poner fin a su vida con mis manos, porque parece que ha estado durmiendo varias horas y es poco probable que se despierte mientras me acerco. Pero me doy cuenta de que no puedo evitar un pequeñísimo chasquido de la hierba y es posible que él se haya dado cuenta y su cerebro se despierte cuando lo oiga. Quizá yo también pueda usarlo, podría entrenarme para despertarme al oírlo. Así podría descansar todo lo que quisiera y levantarme cuando lo sintiera llegar. Compruebo a qué distancia oigo el chasquido cuando lo veo acercarse, pero es muy cerca de mí como para tener margen de maniobra suficiente si me coge durmiendo.

A veces cavo hoyos cuando estoy lejos de él y los cubro de hierba, para detectar su caída con algún margen de seguridad, pero pronto aprende y va con cuidado. Entreno mi olfato con briznas cada vez más pequeñas y lejanas de hierbas aromáticas y espero que se acerque hasta el límite de lo seguro, para tratar de detectar su olor, pero no consigo muchos progresos y si el viento me traiciona me atrapará. Me he adiestrado para despertar cada pocos minutos. Si mi perseguidor se acerca andando o corriendo o está tumbado más cerca, me levanto.

Despertarme al principio es fácil porque me impulsa el miedo, pero va pesando cada vez más el sueño y es doloroso tener que levantarse y abrir los ojos. Muchas veces pienso que puedo confiar más y más en mi buena suerte, en que en los próximos diez minutos no vendrá, ni en los doce ni en los trece. Días después empiezo a considerar por qué no me entrego. Llego a pensar que vale más dormir un poco más que vivir. Pero sigo corriendo, en la llanura cada vez más poblada de sueños mal soñados.

Esos sueños empiezan a ser los verdaderos problemas. Al principio, sueño con mi infancia, en un país que conscientemente no puedo recordar. Luego sueño con ataques de animales, con batallas en las que participo y en las que tengo tanto miedo que acabo disparando a inocentes, con mujeres que amo y que ni me quieren ni puedo volver a encontrar en el laberinto de las casualidades.

Pero poco a poco los sueños se van haciendo más largos y más enrevesados. Lo peor llega cuando en mis sueños empieza a aparecer mi perseguidor. Lo veo acercarse rápidamente y yo no puedo moverme, estoy completamente pegado al suelo. Pero justo cuando va a agarrarme por el gaznate, despierto y me doy cuenta de que encima de mí no hay nadie. Entonces lo veo, o bien a lo lejos descansando, o bien cerca de mí moviéndose a buena velocidad, pero aún con un pequeño margen de maniobra para levantarme, restregarme un poco las legañas, bostezar, desperezarme y salir corriendo como alma que lleva el diablo.

Otras veces sueño que lo veo acercarse y entonces me despierto, lo veo acercarse otra vez y me despierto, pero aún estoy soñando y sólo en el último momento me doy cuenta de que la verdadera realidad está un paso, un despertar más adelante. Hago un esfuerzo sobrehumano, me despierto de verdad y salgo pitando.

Otras veces sueño que me persigue y yo sigo andando pero de pronto caigo y me quedo dormido. Tengo varios sueños o varias jerarquías de sueños en ese rato y despierto creyendo que ya me ha alcanzado y me está faltando el aire porque está apretando ya mi cuello. Entonces despierto del sueño en el que me he quedado dormido, doy al sueño en el que estoy corriendo, me despierto de ese sueño y doy a la realidad en la que estaba durmiendo. Entonces me despierto y entro en la vigilia en la que mi perseguidor está llegando ya casi a agarrarme por las piernas.

Otra vez tengo este sueño:

“Por encima y por debajo de mí, así como rodeándome por los lados, hay roca, de un material muy denso. Quizá encima de mí pesa una cantidad infinita de roca. Delante y detrás de mí hay un túnel. Pero estoy tan encajonado entre las masas de roca que apenas puedo moverme. Siento la presión de las rocas prácticamente sobre toda la superficie de mi cuerpo. Me rodean casi como la ropa, excepto en la punta de la cabeza y las plantas de los pies. Me cuesta respirar.

Necesito pensar detenidamente todos mis movimientos. Después de realizar cientos de operaciones musculares, consigo hacer fuerza con mis pies o mis brazos y desplazarme unos milímetros. Siempre he vivido en esta oscuridad. He hecho un mapa mental de mi trayectoria en los últimos siglos. El túnel va hacia arriba y hacia abajo caprichosamente.

Me sigue un lobo, que también se mueve muy lentamente. Es grande y las rocas lo encajonan tan tenazmente como a mí. Me devoraría muy despacio si me alcanza, porque apenas podría mover sus mandíbulas.

Siento hambre y sed, pero no necesito comer ni beber. A veces hace frío y a veces las rocas arden, pero mi piel no muere. A pesar de todo, creo que tengo una fuerza limitada. Debo salir del túnel antes de que se agote.

Sueño con el exterior, con una cámara sobre la que poder serpentear en dos dimensiones, sólo con roca encima y debajo de mí pero no a los lados. Y en mis sueños más locos sueño con una llanura (apenas puedo imaginarme ese concepto), cubierta de hierba verde, en la que me puedo mover adelante, atrás, a la derecha y a la izquierda, pero en la que además puedo dar pequeños saltos hacia arriba. Es decir, que no hay roca arriba impidiendo mi movimiento y puedo levantarme y andar sobre mis dos piernas.

Salgo del túnel y veo el sol aparecer por el horizonte sólo muy levemente ondulado. Lo malo es que poco después sale el lobo, quizá ya convertido en un hombre, y tras siglos de persecuciones y de sueños empieza a devorarme o a estrangularme, justo en el momento en que mis ojos ven a lo lejos un refugio, una hermosa ciudad amurallada, dentro de la cual por fin me despierto, o que me cierra sus puertas cuando ya casi he llegado a ellas en otro sueño, unas puertas que quizá permanecen abiertas, a pocos centímetros de mí, cuando estoy a punto de llegar, pero entonces desfallezco y me duermo.”

El túnel

       Por encima y por debajo de mí, así como rodeándome por los lados, hay roca, de un material muy denso. Quizá encima de mí pesa una cantidad infinita de roca. No lo sé. Tampoco sé por qué no acaba de aplastarme.

       Delante y detrás de mí hay un túnel. Pero estoy tan encajonado entre las masas de roca que apenas puedo moverme. Siento la presión de las rocas prácticamente sobre toda la superficie de mi cuerpo. Me rodean casi como la ropa, excepto en la punta de la cabeza y las plantas de los pies. Me cuesta respirar.

       Necesito pensar detenidamente todos mis movimientos. Después de realizar cientos de operaciones musculares, consigo hacer fuerza con mis pies o mis brazos y desplazarme unos milímetros. Avanzo unos cuantos centímetros al mes.

       Llevo viviendo así muchos años. El aire que respiro está muy viciado. Siempre he vivido en esta oscuridad, pero espero que mi fatigoso movimiento me lleve a la luz. He hecho un mapa mental de mi trayectoria en los últimos siglos. El túnel va hacia arriba y hacia abajo caprichosamente.

       Me sigue un lobo, que también se mueve muy lentamente. Es grande y las rocas lo encajonan tan tenazmente como a mí. Ojalá salga del túnel antes de que el lobo me alcance. Me devoraría muy despacio, porque apenas podría mover sus mandíbulas.

       No siento hambre ni sed, o mejor dicho, las siento, pero no acaban con mi vida. A veces hace frío y a veces las rocas arden, pero mi piel no muere. Pero poco a poco siento cómo el cansancio se apodera de mí. Creo que tengo una fuerza limitada. Debo salir del túnel antes de que se agote.

       Sueño con el exterior, con una cámara sobre la que poder serpentear en dos dimensiones, sólo con roca encima de mí pero no a los lados (a veces imagino lugares donde pueda moverme en tres dimensiones, sin roca encima de mí, pero no creo en su existencia). Sueño que el suelo de esa cámara está recubierto de hierba blanda (incluso sueño que sólo me cubren sábanas delgadas de tela y no las montañas de roca). Sueño que hay un recinto en el universo que posee un interior y que puede cerrarse. Me escondería allí de los lobos.


El examen

 Bajaba de mi habitación, salía de mi casa sin decir a mi madre adónde iba y pasaba las huertas. No podía estudiar más. Pasaba las noches pegado a los libros, retorciendo las manos, sin aprender. No entendía casi nada y lo poco que entendía lo olvidaba en las horas siguientes.

Llegaba a un campo de avena verde, en cuyo fondo lejano se veía una montaña gigantesca. Veía los vencejos, esas aves que no se posan más que para criar, volar sobre la hierba. Imaginaba que estaba en el cuello de un vencejo, que me aferraba a sus plumas. ¿Dónde me llevaría aquel espíritu oscuro?

Vería el aire abierto, bullicioso, poblado de remolinos, estrujado y expandido por el viento. Un conjuro me encontraría y me encadenaría durante mucho tiempo a aquel pájaro. Vería pasar el suelo a mi costado y llegaría muy lejos. Me fijaría en cada cosa que viera.

Perdería muchos recuerdos y me quedaría la capacidad de sentir y de recordar el nombre de las cosas. Sabría que al final del viaje encontraría en mi habitación un folio con unas preguntas. Las habrían escrito aquellos que produjeron el hechizo. Luego debería entregar los folios con las respuestas envueltos en un papel de aluminio, bajo un nogal alto que hay a la salida de mi pequeña ciudad.

No sabría sobre qué me iban a preguntar. Miraría el cielo, estudiaría las formas de las nubes. Trataría de descifrar los caminos trazados en el aire. Pero no podría disponer de ningún orden ni ningún método, y no podría apuntar nada. Almacenaría las imágenes como quien las echa en un saco. Temería las preguntas generales, del tipo: "¿Qué has visto?" o "Hágame un comentario crítico del universo".

No sabría por dónde empezar, ni formularme las preguntas adecuadas. Pero no tendría la sensación de estar frente a un libro cerrado, porque sólo me pedirían cosas que pudiese ver. El laberinto de las causas y los efectos es una trampa para ellos. Se fijan en las llanuras y en las ciudades al sol del amanecer. Yo anotaría mentalmente mis percepciones y mis sentimientos y los clasificaría en mi memoria atendiendo a sus sabores y su intensidad. Si no aprobaba aquel examen moriría.

Recorrería regiones y volvería a mi casa sin noción del tiempo. Subiría a mi habitación y encontraría sobre mi mesa el papel que no podría quemar ni olvidar. Llevaría un bolígrafo y me acercaría a él, temblando. Lo cogería con mis manos y leería sus letras, no escritas por seres humanos. Contendría la respiración y empezaría a escribir.

Me parecería recordar las respuestas de un plumazo, pero luego sabría que no podría desarrollar mi contestación, que había olvidado todos los detalles. Mi largo viaje sería como el recuerdo de un sueño, cuya recuperación es imposible. Llenaría la hoja de tachones y la tinta heriría mis ojos. Luego me enrollaría, con un discurso sin pies ni cabeza y para llenar bulto. Quizá alguna de esas frases por pura casualidad me hiciera recordar algo, o reparar en algo que antes no había visto.

Tendría una noche entera para ocupar diez o quince folios con mis respuestas. Vería acercarse el amanecer y me sentiría agotado, con los nervios deshechos. Creería que no me daría tiempo a acabar y que además no importaba. Estaría completamente solo, notando el aire frío de la madrugada. Querría dormir, saborear la amarga libertad de la rendición. Pero daría el sol en mi ventana y yo firmaría entonces aquellos folios. Los envolvería en papel de aluminio y los enterraría debajo de un nogal, sabiendo que había cumplido mi parte.

La proyección privada

La siguiente vez que los vi venir, desde la ventana de mi sala de estar, me levanté de un salto y salí a la calle corriendo, aunque llevaba puesto el pijama; pero me vieron antes de doblar la esquina y me dijeron: "eh, tú, ¿adónde crees que vas?". Tuve que volver a mi casa con ellos, sentarlos a mi mesa camilla y ofrecerles de las castañas que estaba comiendo.

Cuando me dijeron que eran productores de cine, me extrañé mucho, porque no imaginaba que aquellos tétricos individuos disfrutaran con la frivolidad de las películas; pero sentí alivio, porque deduje que se habían equivocado de víctima y me dejarían en paz. Luego bendije mi ingenuidad, que me permitió ser feliz al menos por un momento. Yo era muy joven, pero ya me habían sometido a varias pruebas siniestras.

Me buscaban a mí para que les dirigiese una película. Me dieron el libro "La Isla del Tesoro", de Robert Louis Stevenson, y me dijeron que lo leyese para el día siguiente. Por la noche vendrían a ver la película.

Lo leí de mala gana, muy rápido y sin enterarme bien de las cosas, ya que a la mañana siguiente tenía dos exámenes y por la tele ponían un partido de la selección española. Al anochecer, aprovechando que mis padres habían salido, se presentaron en mi puerta, provistos de bolsas de palomitas. Me colocaron una diadema que tenía una placa de oro en el lugar de la frente y apagaron las luces de la sala de estar. Se apoltronaron en los sillones y abrieron las bolsas, mientras me decían que empezara la proyección.

Al minuto y medio me dijeron que parara porque ya me estaba repitiendo. Me dijeron que les había parecido una película espantosamente mala y además demasiado corta. Yo les había ofrecido el esquema general de la trama, sin desarrollarlo apenas, y luego había empezado a repetirlo. Me la criticaron bajo todos los aspectos: me dijeron que no tenía lógica narrativa, que sólo habían visto una sucesión de imágenes confusas, sin orden, y además, mezcladas con mis propios pensamientos y recuerdos. Más que de secuencias, la película constaba de una serie de planos estáticos, casi todos desde el mismo ángulo. La puesta en escena era simplista, los actores hablaban todos con la misma voz y su interpretación era ridícula. Sus rasgos estaban desdibujados o eran los de mis vecinos y compañeros de colegio. Su vestuario y caracterización eran completamente inadecuados y la ambientación natural de la isla del Pacífico era muy pobre: sólo palmeras (que además no eran las autóctonas) y loros. La banda sonora destacaba por su absoluta ausencia y la fotografía era penosa. Por otro lado, me dijeron que no querían una película surrealista como la que les había montado; que eso podía valer para una novela vanguardista, pero "La Isla del Tesoro" era una novela de aventuras tradicional y no podía ser desfigurada de esa forma. Se despidieron de mí con un consejo: "Hazla mejor la próxima vez, porque si no te mataremos".

Para la siguiente proyección, tres días después, había cuidado más todos los detalles por la cuenta que me traía. Me había quedado mirando largas horas fotografías de vestidos del siglo dieciocho y de islas del Pacífico. Había organizado mejor la historia en mi cerebro y me había representado muchas escenas que antes había desdeñado por no ser estrictamente necesarias para la comprensión de la trama. Elaboré varios guiones mentales, para conseguir cada vez una mejor eficacia narrativa y la ensayé varias veces dentro de mí. Lo malo es que de vez en cuando las distintas tomas se superponían en mi mente y no se entendía nada, porque era como proyectar dos películas al mismo tiempo. Me esforcé también por encontrar una banda sonora adecuada; al principio estuve todo el rato con la cancioncilla esa de la botella de ron, pero al final encontré algunos fragmentos de música clásica que pegaban bien con algunas escenas, aunque era duro imaginar todo el rato la música sonando.

Lo más difícil era eliminar de la proyección el fondo de mis pensamientos. A veces desvariaba y cualquier situación de la película me hacía recordar algún suceso de mi propia vida. También era difícil pasar de la imagen de la Mancha Negra, ya que me impactó vivamente la primera vez que vi la película en el cine, una tarde lluviosa de otoño en que me llevó mi padre, cuando era muy pequeño. Del resto de imágenes no pude echar mano, porque no recordaba nada más, salvo el cofre lleno de monedas de oro. Sólo guardaba un sentimiento confuso de misterio y aventura, en el que quizá estuviera cifrada toda mi infancia, y me tuve que quebrar mucho la cabeza para poder incorporarlo de alguna forma a mi producción.

Cuando llegó el momento de proyectarla ante ellos me puse muy nervioso y hubo varios cortes y hasta se coló algún anuncio. Los tienes tan metidos en la cabeza que ni entonces pude evitarlos. Lo más difícil era mantener la concentración en la historia, para que siguiera un orden lineal y no rememorara antes de tiempo escenas del final de la película, como me pasó varias veces, con lo que me la cargué. Otra cosa difícil era proyectarla a la velocidad adecuada: a veces tus pensamientos transcurren muy rápido, casi instantáneamente, mientras otras veces se demoran mucho tiempo en una escena sin poder avanzar.

No les gustó esta vez tampoco, pero me dieron otra oportunidad. Tuve tres meses para preparar la nueva película. No resultó muy larga, porque no pude mantener la concentración más de cincuenta minutos, pero se conformaron y la editaron, en un largo carrete de película de plata. Aún la están proyectando por ahí y no puedo ni imaginar la calaña de los individuos que estarán viéndola. Por lo visto, tuvo bastante éxito. Me gustaría verla de nuevo, porque casi la he olvidado.

Los folios blancos

       
Una vez tenía que preparar un examen de genética evolutiva y bajé a la facultad para pedir los apuntes. Me lamentaba demasiado tarde por no haber ido a clase, ya que me cuesta mucho entender otras letras. Además, sería difícil conseguirlos. Conocía a poca gente en la clase y me daba mucha vergüenza pedir apuntes. Me senté en una de las últimas filas y acabé pidiéndoselos a una muchacha bajita y morena, bastante guapa, que no recordaba haber visto antes. Me había mirado (creo, no sin cierta vanidad) con interés. Algo en esa mirada y en sus gestos incitaba a una espontánea confianza. Me los entregó con mucha disposición y con una sonrisa encantadora. Me dio una dirección para que se los devolviera, lo que me aturdió bastante.

Fui con el fajo de folios a la fotocopiadora y encargué las copias, pero cuando volví me dijeron que no me las habían hecho porque aquellos folios estaban en blanco. Yo ni los había mirado. Les dije que buscaran bien por ahí, que debían estar los apuntes, pero no los encontraron y me llevé los folios blancos a mi casa. Me alegré de esa eventualidad, porque así devolvería los folios y volvería a pedir los verdaderos apuntes y tendría ocasión de hablar con ella dos veces en lugar de una.

Pero por la noche ocurrió una cosa. Cambié los folios de carpeta y entonces creí ver algo sobre ellos, algo de color, que parecía pintado con un tinte extremadamente débil y difuso. Fijé la vista y el color desapareció; pero un instante después me pareció ver algo ondulado, como una serpiente, surcar la superficie blanca. Estaba coloreado de rojo, azul, verde y amarillo. Duró un instante y aparté la vista; al bajarla vi árboles, árboles ramificándose, y extrañas formas, como de animales, en la punta de las ramas. Parecían alucinaciones, pero sólo se producían cuando miraba los folios blancos, por lo que pensé que poseían alguna propiedad hipnótica. En mi cerebro reinaba una total confusión, pero en medio de ella se insinuaba una idea, una esperanza de que aquella chica tuviera algún poder, algo inusual y muy atractivo.

Miré con ansiedad aquellos folios y poco a poco reconocí las formas que veía. Se parecían un poco a lo que yo me había imaginado. Descubrí con estupor que aquella chica me había dado sus apuntes y que la serpiente era el ADN con sus cuatro nucleótidos y los árboles eran árboles genealógicos de especies. Las imágenes aparecían y desaparecían al avanzar en los folios un poco al azar, pero seguían más o menos el orden del temario. Les dije a los de la fotocopiadora que hicieran una copia de aquellos folios blancos y me miraron como a un chalado, pero las copias salieron bien. Dejé los apuntes en la casa de la chica, aunque ella no estaba.

Con un poco de práctica aprendí a usar los folios. Pasaba el dedo por unas líneas no dibujadas y las imágenes iban apareciendo en mi mente. Si me saltaba de renglón perdía el hilo. Me costaba mucho trabajo estudiar esos apuntes fantásticos. Normalmente estudias palabras y haces imágenes y razonamientos de esas palabras; pero aquello eran formas, formas ajenas que no siempre resultaban reconocibles. Veías algo confuso, te quedabas mirándolo y no sabías qué era, hasta que de pronto comprendías y lo identificabas. Es muy difícil pensar con unos pensamientos que no son los tuyos.

Pero estaba en juego mi aprobado, así que seguí con mi ardua tarea. Me daba un poco de miedo, pero era muy excitante conocer los pensamientos de aquella chica, aunque sólo se refirieran al análisis de secuencias de nucleótidos.

Podía grabar los pensamientos que desease, y sólo los que desease, en aquel papel extraño. Me preguntaba si usaba algún bolígrafo especial o eran sus propios dedos o sus ojos los que escribían. Empecé a darme cuenta de cómo los folios reproducían las explicaciones del profesor, pero no a través de sus palabras, sino a través de lo que despertaban en la mente de aquella criatura enigmática. Al principio había pensamientos borrosos pero poco a poco se aclaraban y aparecía un esquema nítido, aunque de vez en cuando olvidaba algún detalle y el pensamiento grabado era incorrecto.

No vi ni oí una sola palabra en todos aquellos folios. Una vez grabó un pensamiento fugaz en medio de las explicaciones. Pasé sobre él muchas veces, pero no lo identifiqué muy bien. Parecía un vago sentimiento de aburrimiento o quizá de tristeza. Es difícil a veces caracterizar tus propios pensamientos, cuánto más los de un desconocido.

Al final encontré un folio completamente blanco. Me quedé mirándolo y pensando algunas cosas. Al rato volví a pensar exactamente lo mismo y supe que había impresionado el papel con mis propios pensamientos. Me asusté tanto que lo quemé, no quería pensar que alguien pudiera ver ni un retazo de mi mente.

El día del examen la encontré de nuevo; no me miró y los dos empezamos a contestar las preguntas. Me resultó más bien fácil, aunque a veces tenía problemas para traducir a palabras los pensamientos. La vi otra vez cuando fui a mirar las notas: ella había sacado un nueve y medio y yo un ocho. No estaba nada mal, considerando además lo que me había costado descifrar sus apuntes. Se alegró mucho, me sonrió y me guiñó un ojo. Luego me deseó que pasase un feliz verano y se despidió de mí con un beso. No he vuelto a verla, pero es maravilloso saber cómo entendía ella la genética evolutiva, por lo menos.

domingo, 13 de marzo de 2011

La guerra de los deseos

  
   
En mi ciudad hay algunas personas que pueden leer el pensamiento. En realidad no son personas, pero se mezclan con ellas y toman su apariencia. Bajo determinadas condiciones los hombres son vulnerables a sus miradas y entonces, en muchos casos, están perdidos.

Afortunadamente, estoy yo para protegerlos. Yo no puedo escudriñar el pensamiento de un hombre, pero sí el de sus espías. Los pensamientos robados permanecen inaccesibles para mí, pero a veces puedo averiguar lo que pretenden.

La primera vez que penetras en la mente de otro ser, aunque no sea humano, sientes un escalofrío. Todavía no acabo de acostumbrarme. Cuando leí cómo hacerlo, no lo creí. Mirabas un momento sus ojos y procurabas olvidar tu nombre. Invocabas tus primeros recuerdos, pronunciabas unas palabras y de pronto habías pasado. Era como pasar una telaraña. Sentías vértigo y un buen número de sensaciones no conocidas antes. Tenías miedo, porque dejabas tu última casa y entrabas en un lugar más extraño que el más desconocido de los mundos físicos. Entrabas en otro torbellino como tú, en otro fantasma como tú, pero casi tan distinto de ti como la vida de la muerte.

Supongo que en otro hombre me perdería. Aquellos seres eran más simples. No sentían amor, ni ambición, ni odio. Sólo pensaban para conseguir sus propósitos y poseían una tenue conciencia de sí mismos. También poseían algo de perplejidad por esa conciencia y una débil curiosidad, como nosotros. De vez en cuando sentían tristeza y yo la sorprendía. Nunca sabían de dónde les llegaba la tristeza y yo tampoco lo supe jamás.

Andaba por las calles y de vez en cuando encontraba a uno de ellos. Lo seguía disimuladamente. A veces entraba en un bar y yo me sentaba enfrente de él. Al principio no me conocían y era fácil, pero pronto fue muy difícil espiarles. También ellos leyeron mis pensamientos. Cuando lo supe, sentí un dolor profundo. Era una mezcla de humillación y vergüenza y un sentimiento de ser muy débil y estar infinitamente herido. Deseé escapar de ellos, pero me sobrepuse. Era mi deber y tenía que acostumbrarme. Busqué escudos y algunos me funcionaron un tiempo.

Así se inició nuestro combate. Ellos piensan algo determinado y el solo pensamiento es capaz de hacer daño a alguien o a mí mismo. Tengo que detectarlo y esforzarme por construir un pensamiento exacto o definir una imagen precisa, que contrarrestará el poder de su pensamiento. Siempre tengo que estar alerta.

He de saber qué pensamiento contrarrestará el suyo. Es cuestión de aprendizaje, no existen reglas fijas y muchas veces tengo que guiarme por la intuición. A veces, en mitad de la noche, me despierto. Me doy cuenta de que alguno de ellos ha proferido uno de sus pensamientos y tengo que oponerle alguno mío. No dispongo de más de dos o tres segundos para contestar y si me equivoco las consecuencias pueden ser funestas. Las peleas duran algunas veces varias horas. Si mi adversario emite el deseo de matarme, yo he de emitir el deseo de que mi muerte no ocurra, inmediatamente y de la forma correcta. Si desfallezco un momento, me matará. Si siento resignación o curiosidad, me matará.

Es una batalla incesante y no existen intermediarios. Ando por las calles de mi ciudad y a veces alguien me saluda y no puedo responderle. Me faltan dos dedos por descuidar la vigilancia y alguien ha muerto.

Hay pensamientos que son llaves para otros. Con el tiempo, encuentras algunos que hacen más débiles a tus adversarios. He conseguido pensamientos que reducen su velocidad de pensamiento, o que hacen menos penetrantes los suyos; hay otros que hacen que no puedan concentrarse en determinadas cosas o en determinadas personas.

Pensar en una constelación de estrellas, por ejemplo, en el momento adecuado, puede servir para que los pensamientos de tu oponente giren un rato en círculos. Pensar en el agua de un río y en sus peces y en el fango, al mismo tiempo, puede servir para introducir errores lógicos en sus pensamientos. Hay maneras de conseguir que sus mentes se abran más tiempo del que querrían, para que no puedan urdir sus tramas en las sombras. A veces, puedes confinar los pensamientos de los enemigos al espacio de una pequeña casa abandonada o de una loseta o del sábado pasado.

Cuando nos encontramos frente a frente, empezamos tanteándonos, emitiendo pensamientos lentamente, con escaso poder. Pero poco a poco la velocidad aumenta. Si no respondo a tiempo, pueden detener la respiración de mi conciencia. Pueden engañarme, y hacer que responda cosas equivocadas, mientras colocan una bomba de relojería en mi alma. Pueden dañar mi voluntad, ahogar mi esperanza.

A veces he de pensar 4 ó 5 cosas en un segundo. Creo que es el límite: si pudieran apurar un poco más, me derrotarían. Los pensamientos son cada vez más complicados. En ciertas ocasiones, no basta con pensar en cosas concretas, sino que tengo que esforzarme y lograr conceptos abstractos: evocar una imagen aceptable de la bondad o las matemáticas, o convocar un sentimiento difícil de definir, como el que tienes al ocupar una casa nueva o el asombro por tu existencia. A veces debes reproducir sentimientos muy dolorosos, como el de ser rechazado por quien amas o verlo envilecerse. Todo puede servirte en esa lucha y debes esforzarte por recordar tus pensamientos y el sabor que percibiste al poseerlos. Así, aun cuando no pelees, debes prestar atención al universo y a todo lo que ocurra, dentro y fuera de ti.

Cuando caminas por las calles y las plazas de tu pequeña ciudad, te fijas en los balcones, en las macetas, en las aceras, en los pájaros posados en los cables. Te fijas en los coches, en los escaparates, en las tapas de las alcantarillas. Te fijas en las caras de las personas, en sus dedos y en sus uñas. Recuerdas cuando los mirabas por el placer de verlos. Ahora sabes que todo tiene una finalidad, que nada ocurre en vano. Alguien te lo agradecerá, aunque ahora reproche tus paseos inútiles.

Tienes que dedicar otros ratos a leer libros y a estudiar a tus enemigos. Debes pensar cómo están modificando sus tácticas. Quizá te ataquen varios a la vez, haciendo que debas pensar cosas muy dispares en un intervalo de tiempo muy corto. Quizá induzcan que pienses cosas muy similares, para confundirte.

Hace tiempo que oigo que van a llamar a uno que piensa muy deprisa y que usa unos nuevos y poderosos pensamientos. Les espero; aunque no las tengo todas conmigo, les plantaré cara.