martes, 6 de enero de 2015

Los tres misterios del mundo

Los tres misterios del mundo

Para Irene Román Cobo 

No sé cuál es el mayor misterio del mundo. Supongo que será el mero hecho de que exista, de que haya trillones de cosas o infinitas cosas en lugar de nada, con el enigma añadido del tiempo. Otras veces pienso que el mayor misterio del mundo es la conciencia, esa magia que define cosas indefinibles, como el color, los olores o la tristeza. Pero otras veces pienso que el mayor misterio del mundo es que haya más de una conciencia, que existamos estas breves islas de soledad, egoísmo y desamparo.

Por eso a veces pienso que a lo mejor no nacemos ni morimos, sino que simplemente nos transformamos, en un vasto tapiz sin tiempo. ¿Quién dice que todo ha ocurrido ya? ¿Lo digo yo, o lo dices tú, que viviste hace mil años, o que vivirás dentro de mil? Por eso a veces me veo despertando de pronto, encontrándome con los payasos de la tele, o con el olor de la papilla con plátano, o con cualquier otra cosa que crea que es mi primer recuerdo. Pero otras veces pienso que mi primer recuerdo podría ser encontrarme de pronto en una tienda india o en otro planeta. Quizá eso ha sucedido, o sucederá, en un mundo sin tiempo y sin memoria.

En una tienda de objetos esotéricos de mi ciudad, entre hadas de la suerte, piedras de colores con poderes energéticos, amuletos y lámparas de lava, de plasma y de fibra óptica, encontré una bola de cristal. La encargada de la tienda era una muchacha de unos 18 años, algo obesa, con piercings en nariz y orejas, un tatuaje oscuro en la muñeca derecha y cabellos negros y lacios, con una mecha violeta. Su atuendo era una mezcla del de una hippie y el de una bruja. Era muy simpática y alegre, aunque también un poco sarcástica.

Le pregunté si en la bola de cristal se podía ver el futuro. Me contestó, enigmáticamente, que ni el futuro, ni el pasado, ni el presente, sino algo mucho más misterioso que el tiempo. No tuve más remedio que pagar la modesta suma que me pidió por la pequeña bola, que presentaba algunas rayaduras y hoyuelos.

La llevé a mi casa, cené, vi un rato la tele, di el beso de buenas noches a mi madre, me conecté un rato a facebook, me puse el pijama y me metí en la cama con la bola. Me sumergí debajo de las mantas, recordando cuando lo hacía de pequeño, cuando me metía en la cama de mis padres, las mañanas de otoño que llovía a cántaros y mi padre no iba a trabajar al campo. Allí me cantaban la canción de mi santo, San Antonio. Cuando niño, encerró prodigiosamente a los pájaros de todas las especies comunes en su zona en una habitación. Lo hizo solo con el poder de su palabra, por encargo de su padre, que tenía que ir a misa, para que no se comieran el sembrado. Hacía un tirabuzón con el dedo en el pelo de mi madre, tiraba un poco de él para que estuviese tenso y me quedaba un rato así agarrado. Ella me contaba cuentos fantásticos, como el de los zapaticos de hierro, en el que una madre castigaba a su hijo a andar por el mundo con unos zapatos de hierro y a no encontrarla hasta que se desgastaran, o el de los 3 pelos del diablo. Mi padre me contaba cuentos más rurales, como el de Pascualín el Embustero o el de Periquillo Ruiz de Marras, del que no recuerdo más que la imagen de unos cochinos hundidos en el barro con el rabo asomando, debido seguramente a alguna negligencia del chaval. Me metía debajo de las mantas e imaginaba que estaba debajo de la tierra o en una cueva.

Me giré y me puse con la cabeza en los pies de la cama. Allí miré la bola, en completa oscuridad, solo alterada por esas debilísimas manchas que se originan en el fondo de tu ojo y que tienen un color indefinido, quizá gris o amarillento o levemente púrpura. Durante un rato no pasó nada, pero de pronto experimenté la sensación más intensa de mi vida. Me pareció extrañísimo tener mi nombre y mi cara. Un instante después, descubrí el poder de la bola. Te permitía acceder un instante a la conciencia de otro.

En realidad, apenas robaba pensamientos. ¿Qué eres tú en este instante? No eres todos tus recuerdos, porque en estos momentos no tienes acceso a ellos. No eres un razonamiento o una idea, porque requieren un proceso mental y de todas formas son siempre algo ajeno a ti. Tampoco tus esperanzas o tus sentimientos. Y sin embargo, todo eso está de alguna forma en ese instante, pero como traducido o codificado, de modo que te queda una especie de sabor o una certeza. Algo comprimido, empaquetado y único.

Piensa en algo que comparte todo el mundo, como la torre Eiffel. En el instante en que estamos viéndola y concentrándonos en ella, todos somos la misma persona. Y sin embargo, somos tan distintos… Todos seguimos poseyendo en esa imagen nuestro nombre y nuestra cara.

Me topé de pronto con un niño, con la vaga sensación de estar en una selva, oír el repiqueteo de la lluvia en las hojas y tener una larga historia de desamparo, que no se concretaba sin embargo en ningún episodio. Otra vez sentí muy intensamente el cuerpo de una mujer hermosa como si fuera mío, además de un amargo sentimiento de humillación. Otra vez percibí como mi marca de identidad una profunda cicatriz en el rostro, que supe viejo y manchado por el sol. Había muchos recuerdos, de nuevo inalcanzables, transformados en resignación y serenidad. Cada una de estas percepciones estaba acompañada del eco de un nombre, que no podía ser pronunciado. Cada uno de estos seres vivía en una pequeña cárcel de espacio y tiempo, aproximadamente de las mismas dimensiones para todos.

Los ramalazos eran muy fugaces y solía tener 3 o 4 cada noche. Al principio, toda esa gente me era completamente desconocida, pero pronto las impresiones se hicieron más familiares, más cercanas en el espacio y el tiempo, más ligadas a recuerdos también míos. Y cada vez lo eran más.

Después de 30 noches de temblor e insomnio, apareciste de pronto, recóndita de todas formas tanto para ti como para mí, alegre y confiada. Vi tu cara como no la había visto nunca y me pareciste otra. Pensabas de forma distinta a lo que me había imaginado, aunque no podría describir las diferencias. Pasé por ti algunas veces, pero no descubrí mucho. Tuve curiosidad y miedo de saber por qué no me querías.

No llegué a averiguarlo, pero no acabé muy triste. Solo una vez me vi fugazmente. Me vi de forma extraña, como si estuviera reflejado en incontables espejos. Apenas había emoción, o había tantas que no se definían, o quizá es que se reflejaban de uno en otro. Me detuve en esa sensación, en esa presencia y ese olvido momentáneos. De algún modo, dejó de importarme quiénes éramos los dos, quién era cada uno de nosotros.

A la mañana siguiente, olvidé casi todos los detalles de las percepciones, rompí la bola de cristal con un martillo y volví a abrazar el maravilloso universo desde mi estrecha cárcel.

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