martes, 15 de marzo de 2011

La llanura




La llanura no acabará, al menos durante meses de viaje. No hay ninguna colina ni hondonada. De trecho en trecho hay charcos de agua perfectamente potable. Está tapizada de hierba de raíces comestibles.

Estoy siendo perseguido desde hace dos horas por un hombre mucho más fuerte que yo. Ninguno tiene armas; si me enfrento a él, me matará. Nunca me pierde de vista, puesto que corre a la misma velocidad que yo. No me alcanzará si no me descuido, pero tampoco se queda atrás. En la llanura no hay nada más y la luna ilumina todas las noches. Las pisadas cambian el color de la hierba y siempre me seguirá el rastro. A veces acelero y parece que lo dejo atrás, pero se acerca otra vez. Tengo que tener cuidado de no agotarme demasiado en el sprint porque si desfallezco puede alcanzarme. Normalmente lo veo muy lejos, pero otras veces está tan cerca que le oigo hablar y amenazarme. A ratos andamos y a ratos corremos.

De vez en cuando me paro un poco, bebo agua y desentierro algunas raíces. Vuelvo a la marcha y las como. Son tonificantes, pero su efecto dura poco tiempo. Él también se cansa; se ha sentado un poco y yo he aprovechado para poner distancia de por medio. Es inútil. Me he sentado a reponerme un momento y lo he visto venir a su máxima velocidad, cuando ya estaba muy cerca. He tenido que emplearme a fondo para que no me atrapara.

La persecución dura ya dos días. Me ocupa una nueva obsesión: el sueño. Los párpados caen, es casi insoportable. Tengo que aguantar más que él. Lo veo caer y quedarse completamente quieto. No debo acercarme para intentar ahogarlo con mis manos, porque puede ser una trampa, aunque él también tiene miedo de que eso ocurra. Puedo seguir corriendo mientras él duerme, pero la llanura no acabará. Si me echo a dormir yo también, puede haberme engañado y acercarse.

Otra vez lo veo caerse y quedarse quieto y me echo también, fingiendo dormir. Me quedo viéndolo. Se levanta y se acerca a mí. Yo me levanto y sigo corriendo. Hacemos esto unas cuantas veces, variando los tiempos, y luego veo que se queda dormido, o al menos no se mueve durante un buen rato. Durante ese tiempo de vigilarlo, siento un sueño irresistible, pero logro aguantar. Entonces pienso acercarme, pero quizá se despierte o no esté dormido. Decido dormir un poco también, cinco minutos. Si no ha salido en las últimas horas, es improbable que salga en esos minutos. Ojalá no haga ruidos.

Muchos sueños me asaltan en esos cinco minutos, en los que me despierto varias veces. Cada vez tengo la sensación de haber dormido un siglo.
Duermo los cinco minutos y él no se ha levantado. Sigo un rato tumbado y pienso que es probable que duerma, porque si estuviera mirándome sabría que he estado bastante rato tumbado y supondría que me he dormido. Pero no me atrevo a acercarme.

Al día siguiente recorta distancias. He pasado una noche difícil y he tenido alucinaciones. Al mediodía no puedo más y me paro. Él se para también. Logro aguantar dos minutos despierto y luego me duermo. Estoy diez horas durmiendo y me despierto con la sensación de haber dormido sólo unos segundos, pero he tenido mucha suerte y él también ha estado durmiendo todo el tiempo o si se ha despertado ha pensado que yo estaría despierto. Pienso que la segunda opción es poco probable, porque si él sabe que ha dormido varias horas y me ve tumbado aún, pensará que duermo; pero quizá también ha despertado creyendo que sólo había dormido unos segundos. Podría acercarme y poner fin a su vida con mis manos, porque parece que ha estado durmiendo varias horas y es poco probable que se despierte mientras me acerco. Pero me doy cuenta de que no puedo evitar un pequeñísimo chasquido de la hierba y es posible que él se haya dado cuenta y su cerebro se despierte cuando lo oiga. Quizá yo también pueda usarlo, podría entrenarme para despertarme al oírlo. Así podría descansar todo lo que quisiera y levantarme cuando lo sintiera llegar. Compruebo a qué distancia oigo el chasquido cuando lo veo acercarse, pero es muy cerca de mí como para tener margen de maniobra suficiente si me coge durmiendo.

A veces cavo hoyos cuando estoy lejos de él y los cubro de hierba, para detectar su caída con algún margen de seguridad, pero pronto aprende y va con cuidado. Entreno mi olfato con briznas cada vez más pequeñas y lejanas de hierbas aromáticas y espero que se acerque hasta el límite de lo seguro, para tratar de detectar su olor, pero no consigo muchos progresos y si el viento me traiciona me atrapará. Me he adiestrado para despertar cada pocos minutos. Si mi perseguidor se acerca andando o corriendo o está tumbado más cerca, me levanto.

Despertarme al principio es fácil porque me impulsa el miedo, pero va pesando cada vez más el sueño y es doloroso tener que levantarse y abrir los ojos. Muchas veces pienso que puedo confiar más y más en mi buena suerte, en que en los próximos diez minutos no vendrá, ni en los doce ni en los trece. Días después empiezo a considerar por qué no me entrego. Llego a pensar que vale más dormir un poco más que vivir. Pero sigo corriendo, en la llanura cada vez más poblada de sueños mal soñados.

Esos sueños empiezan a ser los verdaderos problemas. Al principio, sueño con mi infancia, en un país que conscientemente no puedo recordar. Luego sueño con ataques de animales, con batallas en las que participo y en las que tengo tanto miedo que acabo disparando a inocentes, con mujeres que amo y que ni me quieren ni puedo volver a encontrar en el laberinto de las casualidades.

Pero poco a poco los sueños se van haciendo más largos y más enrevesados. Lo peor llega cuando en mis sueños empieza a aparecer mi perseguidor. Lo veo acercarse rápidamente y yo no puedo moverme, estoy completamente pegado al suelo. Pero justo cuando va a agarrarme por el gaznate, despierto y me doy cuenta de que encima de mí no hay nadie. Entonces lo veo, o bien a lo lejos descansando, o bien cerca de mí moviéndose a buena velocidad, pero aún con un pequeño margen de maniobra para levantarme, restregarme un poco las legañas, bostezar, desperezarme y salir corriendo como alma que lleva el diablo.

Otras veces sueño que lo veo acercarse y entonces me despierto, lo veo acercarse otra vez y me despierto, pero aún estoy soñando y sólo en el último momento me doy cuenta de que la verdadera realidad está un paso, un despertar más adelante. Hago un esfuerzo sobrehumano, me despierto de verdad y salgo pitando.

Otras veces sueño que me persigue y yo sigo andando pero de pronto caigo y me quedo dormido. Tengo varios sueños o varias jerarquías de sueños en ese rato y despierto creyendo que ya me ha alcanzado y me está faltando el aire porque está apretando ya mi cuello. Entonces despierto del sueño en el que me he quedado dormido, doy al sueño en el que estoy corriendo, me despierto de ese sueño y doy a la realidad en la que estaba durmiendo. Entonces me despierto y entro en la vigilia en la que mi perseguidor está llegando ya casi a agarrarme por las piernas.

Otra vez tengo este sueño:

“Por encima y por debajo de mí, así como rodeándome por los lados, hay roca, de un material muy denso. Quizá encima de mí pesa una cantidad infinita de roca. Delante y detrás de mí hay un túnel. Pero estoy tan encajonado entre las masas de roca que apenas puedo moverme. Siento la presión de las rocas prácticamente sobre toda la superficie de mi cuerpo. Me rodean casi como la ropa, excepto en la punta de la cabeza y las plantas de los pies. Me cuesta respirar.

Necesito pensar detenidamente todos mis movimientos. Después de realizar cientos de operaciones musculares, consigo hacer fuerza con mis pies o mis brazos y desplazarme unos milímetros. Siempre he vivido en esta oscuridad. He hecho un mapa mental de mi trayectoria en los últimos siglos. El túnel va hacia arriba y hacia abajo caprichosamente.

Me sigue un lobo, que también se mueve muy lentamente. Es grande y las rocas lo encajonan tan tenazmente como a mí. Me devoraría muy despacio si me alcanza, porque apenas podría mover sus mandíbulas.

Siento hambre y sed, pero no necesito comer ni beber. A veces hace frío y a veces las rocas arden, pero mi piel no muere. A pesar de todo, creo que tengo una fuerza limitada. Debo salir del túnel antes de que se agote.

Sueño con el exterior, con una cámara sobre la que poder serpentear en dos dimensiones, sólo con roca encima y debajo de mí pero no a los lados. Y en mis sueños más locos sueño con una llanura (apenas puedo imaginarme ese concepto), cubierta de hierba verde, en la que me puedo mover adelante, atrás, a la derecha y a la izquierda, pero en la que además puedo dar pequeños saltos hacia arriba. Es decir, que no hay roca arriba impidiendo mi movimiento y puedo levantarme y andar sobre mis dos piernas.

Salgo del túnel y veo el sol aparecer por el horizonte sólo muy levemente ondulado. Lo malo es que poco después sale el lobo, quizá ya convertido en un hombre, y tras siglos de persecuciones y de sueños empieza a devorarme o a estrangularme, justo en el momento en que mis ojos ven a lo lejos un refugio, una hermosa ciudad amurallada, dentro de la cual por fin me despierto, o que me cierra sus puertas cuando ya casi he llegado a ellas en otro sueño, unas puertas que quizá permanecen abiertas, a pocos centímetros de mí, cuando estoy a punto de llegar, pero entonces desfallezco y me duermo.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario